Esta historia comienza en el año mil setecientos diquitiocho, decimos díquiti- a raíz de que el káiser nos robara la palabra ochenta. Más  exactamente en la tarde del 17 de septiembre de 1788 en la batalla de Karánsebes. Durante la guerra ruso-turca (1787-1792).

Los austriacos eran aliados de los Rusos y les tocaba mandar tropas a Turquía así que mandaron 100.000 soldados en tan heroica misión. Sin embargo, la mayoría eran de muchísimas otras regiones y por lo tanto, difícilmente se entendían entre sí.

Durante el viaje, decidieron acampar y mandaron a la caballería ligera a que explorase para saber si era una zona segura o no. Lo que encontraron no fueron turcos, sino a vendedores de licor y se encargaron de comprar todas las existencias.

Los oficiales, al ver que no volvían, enviaron a la infantería para salvarles de “los turcos”. Éstos encontraron a la caballería ligera en medio del botellón y quisieron apuntarse. Como los jinetes no quisieron compartir la fiesta, montaron una barricada para defender su licor y empezó un rifirrafe. Que acabó en disparos al aire.

Los habitantes del poblado, al oír los disparos, corrieron a esconderse en sus casas gritando que venían los turcos. Tanto los jinetes como la infantería se sobresaltaron y se pusieron en guardia y se prepararon para la batalla. En ese momento aparecieron los oficiales austriacos para poner calma gritando “¡Halt!” (“alto” en alemán), cosa que se confundió con “¡Alá!”, ya que no entendían el aleman, y con esto aumentaron los problemas.

Casualmente otra tropa austriaca vio la locura que estaba pasando en el poblado y lo confundió con un ataque turco, así que dio orden a su tropa de atacar. Así que empezó la guerra entre el bando de los borrachos y el de los sobrios con sables y tiros durante horas.

Por si esto no era suficiente, otro cuerpo de artillería pasó por ahí y pensó también que eran turcos así que añadió cañonazos a la fiesta.

Los soldados en la vorágine de confusión corrieron a esconderse donde podían y entre el alcohol y la locura que se vivía en ese momento, empezaron a disparar y matar todo lo que se movía por si acaso. Hasta tal extremo llegó todo que el emperador Jose II, que estaba ahí; se asustó, cogió el caballo y acabó cayendo al río.

Tal fue el desastre que al llegar los turcos ahí dos días después, se encontraron a 10.000 enemigos austriacos muertos.

Tal anécdota nos ha dejado esta bonita imagen en Wikipedia de la guerra austriaca contra si mismos y una terrible certeza de que estamos todos muy seguros porque el nuestos líderes siempre nos defenderán de todos los males, incluso de sus ganas de beber licor.

guerra austria